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      Antoine de Saint-Exupéry (# )

 
Antoine de Saint-Exupéry
Antoine de Saint-Exupéry

El hombre

Un 29 de junio, en 1900, lanzaba su primer grito en este mundo un niño que iba a estar sentado eternamente en el alma de un hombre: Antoine de Saint-Exupéry. Sus padres fueron Jean de Saint-Exupéry y Marie Fonscolombe de Saint-Exupéry, quienes tuvieron cinco hijos.

El padre murió muy joven y la viuda y sus pequeños fueron amparados por una tía abuela. El 9 de julio de 1921 su instructor de vuelo lo hizo sentar frente a los comandos de un biplano Sopwith, y le dijo “¡Vaya! ¡Despegue! Solo. Lo autorizo. Le lanzaré una bengala verde cuando sea el momento de aterrizar”.

Desde entonces el avión fue su casa, donde él se sentía libre. Su otra faceta, la de escritor, comenzó mucho antes: tenía sólo 6 años cuando sucumbió a los encantos de Odette una hermosa jovencita, que amaba la naturaleza y defendía a los animales, a quien le dedicó dos poemas. He aquí algunos versos:

“El sonido del cuerno sube y baja despacio,
Estremece los bosques con un largo gemido
Y en el suelo sangrante
Muere el ciervo y el cuerno prolonga el bello canto
Mientras el cazador, feliz de la victoria
Se planta con orgullo y levanta la cabeza".

Aquí ya está la posición de Saint-Exupéry en contra de las corridas de toros que aparece en su obra “Tierra de hombres”. Pero estos dos oficios están muy ligados, ya que él confesó siempre que si no volaba no podía escribir.

Antoine era, fundamentalmente, un espíritu libre. Cuando se lo interrogaba respecto de su ideología, contestaba siempre con humor, por ejempl “Soy nietschiano y marxista”. Nadie podía entender como conciliaba estas dos líneas de pensamiento. Decía también que no era ni de derecha ni de izquierda, sino independiente.

En octubre de 1926 comienza a volar en la compañía de Latécoère con sede en Toulouse; a raíz de este trabajo escribe su primer libro, “Correo del Sur”, que aparece con una excelente crítica en julio de 1929. Es enviado a la Argentina, y en setiembre de ese año se hace cargo del correo de la Aeropost.

La correspondencia salía de Buenos Aires en tren nocturno hasta Bahía Blanca, y desde allí se hacía cargo la Aeroposta, de modo que una carta desde Buenos Aires podía llegar a Comodoro Rivadavia en un día, mientras que antes tardaba tres.

En 1930, en Buenos Aires, la Alianza ofreció una recepción y allí le presentaron a una joven guatemalteca, Consuelo Suncín Sandoval, viuda del periodista Enrique Gómez Carrillo, del mismo origen, pero que había tomado la nacionalidad argentina. A pesar de que le agradaban las mujeres altas y rubias quedó prendado de esta pequeña y morena mujer; quizas a esto contribuyó la belleza salvaje de sus ojos negros. La boda se realizó en la capilla de Agay el 12 de abril de 1931.

André Gide, a quien Antoine había conocido en la primavera de 1929, se entusiasmó con el nuevo libro de Saint-Exupéry, “Vuelo nocturno”, y prologó la obra. En ésta, describe maravillosamente el paisaje de la Patagonia:

“Las colinas, bajo el avión, cavaban ya su surco de sombra en el atardecer. Las llanuras tornábanse luminosas, pero de una luz inagotable: en este país no terminaban nunca de devolver su oro, como acabado el invierno, no terminaban nunca de devolver su nieve. (.....) Los pastores de la Patagonia van, sin prisa, de uno a otro rebaño; él iba de una a otra ciudad, era el pastor de las pequeñas ciudades. Cada dos horas encontraba alguna que se acercaba a beber en el ribazo de un río o que pacía en la llanura”.

“Vuelo nocturno” recibió en 1931 el premio Femina. Esta novela consagró a su autor, ya que fue traducida a quince idiomas, entre ellos el japonés y el finés. Más tarde, Hollywood la llevó al cine.

En 1932 lo encontramos en la Aéropostale, piloteando hidroaviones que cruzaban el Mediterráneo desde Marsella hasta Argelia.

En el julio de 1934, Air France lo envía en viaje de estudio al Extremo Oriente. Sale de Marsella vía Damasco, sobrevuela el Golfo Pérsico, la India, Saigón, y luego de pasar dos semanas en Indochina regresa a Marsella.

El escritor Saint-Exupéry tomaba las experiencias del aviador Saint-Exupéry como fuente de inspiración; uno de sus mejores relatos, “El vuelo roto”, se basa en uno de los accidentes que protagonizó. Éste fue incorporado a su novela “Tierra de hombres”, la cual obtuvo el Gran Premio de la Academia Francesa.

Como “una meditación luminosa sobre el destino de la humanidad en guerra”, así fue juzgada su obra “Piloto de guerra”, publicada en 1942. Inmediatamente después comenzó la redacción de “El principito”, en la ciudad de Nueva York, a la que había sido invitado para dar una serie de conferencias y donde lo sorprendió la fulminante invasión y capitulación de Francia.

Como veterano de los prolegómenos de la guerra el exilio lo angustiaba, pero la distancia, la edad y su estado físico eran sucesivas barreras que se le interponían en su propósito de luchar por la patria. Su negativa a aceptar el liderazgo de De Gaulle aumentaba el aislamiento que padeció durante ese período de exilio.

El 29 de noviembre de 1942, el New Yok Times Magazine publicó una “Carta abierta a los franceses de todo el mundo” en la que Antoine proclamaba: “Primero Francia. Es decir, antes que Pétain y que De Gaulle. Primero Francia”. Era sumamente cáustico al referirse al militar refugiado en Londres: Yo no hablo una palabra de inglés —decía— pero De Gaulle no me considera un Francés Libre.

Cruzó finalmente el Atlántico acompañando a las fuerzas norteamericanas que invadieron África del Norte, en 1943. Durante casi un año permaneció en Argel, donde trabajó intensamente en “Ciudadela”, obra póstuma que sería editada en 1948.

El 16 de mayo de 1944 concretó el anhelo de reunirse con sus compañeros de escuadrilla, en Córcega. Realizó varias arriesgadas misiones para fotografiar objetivos, en las que estuvo a punto de sucumbir. Era fatalista: “Un día u otro caeré de cabeza en el Mediterráneo”. Quizás recordaría el vaticinio de Madame Pikomesmas, que años atrás le alertó: “Será aviador y un escritor famoso, pero aléjese del mar, y a partir de los cuarenta años desconfíe de los aviones que usted pilotee”.

El 29 de junio había cumplido los 44 años.

El 31 de julio, antes de despegar, dejó escrito en su mesa de trabaj “Si me derriban no extrañaré nada. El hormiguero del futuro me asusta y odio su virtud robótica. Yo nací para jardinero. Me despido, Antoine de Saint-Exupéry”. Nunca regresó.

Ése fue el último vuelo del “labrador del cielo” y, aunque lo ignoraba, iba a ser la última misión que sus superiores pensaban encomendarle.

El Principito

Los personajes de esta obra única, llamada “cuento infantil”, “cuento para adultos”, “alegoría fantástica”, “fábula”, están adheridos a la existencia del autor. El principito podría ser ese niño solitario, aquel que Antoine llevaba siempre en su corazón, o quizás el niño que él no pudo tener; en 1924 él había escrito a su madre: “Tengo mucho amor paternal en reserva. Querría muchos pequeños Antoines...”, y quizás el zorro ya estaría delineado en “Los amigos de Biche”, el cuento que escribió su hermana Marie-Madeleine en el que rinde homenaje a la lechuza, al zorro y al hurón. Marie amaba a los animales y a las plantas; un día dejó de cortar flores para no verlas sufrir. Este amor a todo lo viviente era compartido por los cinco hermanos.

Antoine comenzó a escribir esta obra en el verano de 1942 en Eton Neck, Long Island, en una vasta casa de campo casi vacía de muebles, rodeada de un paisaje de bosques y lagunas.

Simultáneamente iba ilustrándola con acuarelas realizadas por él mismo, ya que no había logrado que sus amigos pintores obtuvieran la ingenuidad y el sentido onírico que él deseaba.

Él amaba dibujar y lo hacía continuamente. Se divertía dibujando en servilletas de papel, en su libreta de anotaciones, en cualquier papel que tuviera a mano y aún en la tela del mantel blanco de un restaurante neoyorkino. En esa ocasión se le acercó el mozo y le preguntó qué hacía.

Él contestó: “Poca cosa, es un hombrecito que llevo en el corazón”. El mozo se acercó más y le dij “¿Qué le parece escribir la historia de este hombrecito?”.

El 11 de abril de 1943, el New York Times comentaba: “No tenemos por qué llorar a los hermanos Grimm si todavía hay cuentos de hadas como ‘El Principito’, que pueden caer de los libros de aviadores y de todos los que andan entre las estrellas”.

A pesar de este comentario elogioso, esa primera tirada de “El Principito” no obtuvo una gran repercusión entre el público, pero después de casi sesenta años continúa siendo uno de los libros más leídos y más traducidos en el mundo.

Hay impresas no menos de doscientas portadas en casi todos los idiomas.

Heidegger acertaba al afirmar que se trataba de uno de los grandes libros existencialistas del siglo.

Está poblado de símbolos: la flor representa a la mujer, con toda su seducción; en el diálogo con ella presentimos sus despedidas de Consuelo antes de cada viaje, del que no sabía si habría de regresar. La flor dice: “—No te detengas, es triste. Has decidido partir. Vete. —Pues ella no quería que la viese llorar. Era una flor tan orgullosa...”. El zorro simboliza la amistad. Cuando el Principito llega a la Tierra busca amigos; asciende a la cumbre de una montaña y grita: “¡Sean mis amigos, estoy solo!” y solamente le responde el eco, pero poco después encuentra al zorro, quien le pide que lo domestique para ser su amigo.

“¿Ves allá los campos de trigo? No como pan. Los campos de trigo no me recuerdan nada. Para mí el trigo es inútil. ¡Es muy triste! Pero tú tienes los cabellos dorados. ¡Será maravilloso cuando me hayas domesticado! El trigo dorado hará que me acuerde de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo (.....)

¡Te lo ruego!... ¡Domestícame! (.....) Sólo se conocen las cosas que se domestican (.....) Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los comerciantes. Pero como no existen comerciantes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!”

En todo el libro hay una crítica a la sociedad, ya que cada uno de los mundos que el Principito visita muestra algún personaje de nuestra sociedad: el Rey, que quiere mandar hasta a las estrellas; el Vanidoso, que sólo desea que lo admiren; el Bebedor, que no puede con su vicio; el Hombre de Negocios, que todo lo quiere poseer aunque no le sirva para nada; el Farolero, que acepta ciegamente las consignas; el Geógrafo, que registra todos los datos del planeta y a quien no le interesan las flores porque son efímeras.

“El Principito” es un libro sabio. De mis reiteradas lecturas he aprendido varias lecciones: ir sin prisa hacia lo placentero (“Si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar caminaría muy despacio hacia una fuente”); saber que la corteza no siempre es lo que vale, porque “lo esencial es invisible a los ojos”;

Desde mi patio, en las noches estrelladas y dirigiendo mi vista al infinito, he logrado escuchar su carcajada. He sabido, entonces, que el Principito ha vuelto.

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