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      Presentamos el Blog del Sr. Francisco Icaza (# 112)

 
Presentamos el Blog del Sr. Francisco Icaza
Presentamos el Blog del Sr. Francisco Icaza

 Francisco Icaza

Su blog está desarrollado por un piloto aficionado que vuela aviones ultraligeros en Morelos, y contiene relatos, fotos y videos relacionados con el vuelo, las montañas, curiosidades geográficas, e historias relacionadas a ello. Sobre el Paralelo 19° Norte se ubica el Eje Neo-volcánico Mexicano, cadena montañosa que tiene las cumbres más altas de México, tres de más de cinco mil metros y ocho de más de cuatro mil. Este es nuestro vecindario.

A propósito del Bicentenario.


Y no hay en América, ni tal vez en el planeta, país de mayor profundidad humana que México y sus hombres. A través de sus aciertos luminosos, como a través de sus errores gigantescos, se ve la misma cadena de grandiosa generosidad, de vitalidad profunda, de inagotable historia, de germinación inacabable.
Pablo Neruda.
Confieso que he vivido (Memorias). 


Latitud 10º norte. Día 1


Los motivos no me quedan claros.

Producto de un pensamiento totalmente lateral y espontáneo, me decidí a este viaje por lo menos un año antes de realizarlo. La lucha personal fue intensa, y al final concluí que si me fui solo un año a Europa en un barco carguero a los dieciocho años, bien podía irme a dar una vuelta aquí nomás.

Fue una tarea titánica, monumental. El Al Simoun tenía que recibir infinitas mejoras, resumidas en una larga lista de pendientes que había apuntado en el pizarrón del hangar y que me traía hundido en el agobio. Aquella lista acabó muy tachada.

Un buen servicio al motor, una revisión más que exhaustiva a todo el avión, calibrar el piloto automático engarzado al GPS para salir librado de emergencias por condiciones bajo mínimos visuales (capas de nubes), cambiar el repetidor de altitud del transponder para que me vieran en los radares de control de tránsito aéreo, unas pantaloneras en las ruedas para mejorar el desempeño de la velocidad, un manómetro para observar la presión del mániful de carburadores, un chaleco salvavidas, un transmisor actualizado de señal satelital para aterrizajes de emergencia, un radio portátil por si acaso fallaba el otro, fueron algunas de las mejoras posibles que pude concretar. Mauricio, Eladio, Álvaro y Enrique me ayudaron desinteresadamente varios fines de semana. Al final me quedé con muchos pendientes “superfluos”, y sin instalar una nueva hélice con paso ajustable en vuelo que mejoraría mucho el desempeño del avión. Me iría con la misma hélice canadiense “de palo” de siempre. Eso no me molestó en lo más mínimo.

No sabía nada de cómo tramitar permisos. Mi vuelo en noviembre a Puerto Escondido al fly-in de pilotos adultos, y los festejos del centenario de la aviación mexicana, tuvieron como objeto recabar información. Otras varias personas habían prometido ayudarme y todo fue en vano. Al final, fastidiado de rollos, invertí varias horas en internet que dieron su resultado. Localicé por azar a Milton Martínez, dueño de un pequeño FBO que recomendaba ampliamente un piloto americano que volaba helicópteros. Su ayuda fue enorme. Andrés Darvasi me ayudó con los trámites que Milton no pudo realizar.

Algunos pensaban que el vuelo era una locura, los otros inclusive me lo dijeron, sin embargo pocas veces me había sentido tan preparado para un viaje largo. Severino movió a su oficina para conseguir toda la información posible de rutas, cartas radar, cartas de aeródromos… ayuda que me fue fundamental. Llevaba también las cartas 1:1,000,000 para vuelos visuales que había conseguido en el evento de Oshkosh en 2007,  unas sábanas enormes con las que podría cubrir el avión.

Llegó el día del despegue, estaba por amanecer, el avión cargado, con mi mochila simulando un copiloto, con todo, y el avión tenía la presión de los frenos hasta abajo. Fueron dos días completos perdidos por unas pantaloneras mal cortadas que evitaban que los frenos funcionaran. Estuve a punto de suspender todo. Tenía constantemente el estómago oprimido. Fue una pérdida de tiempo de lo más estúpida. Sólo me sirvió para sudar con el calor de Tequesquitengo una gripa terrible de último momento. Por fin, en vez de un domingo, acabé despegando el martes.

30 de marzo de 2010. Tequesquitengo – Puerto Escondido.

Álvaro y Mauricio llegaron puntuales del aeródromo Vistahermosa al amanecer, con los estrobos destellando en las alas bajas del Tecnam italiano. Aterrizaron directo a la pista 19. Me acompañarán más allá de la puerta y quedaré muy agradecido por ello.

Despegué por la 01 de Albatros a eso de las 6:35 de la mañana. Hice una carrera larga y tomé al este en un ascenso continuo hasta alcanzar los 7,500 pies. El Tecnam me seguía de lejos. Volé sobre Zacatepec, Tlaltizapán, San Juan Chinameca y Axochiapan. Aquí los dos aviones nos emparejamos. Volaremos juntos más allá de Chiautla, en el Estado de Puebla. Álvaro y Mauricio me sacarán muchas fotos, algunas muy buenas. Yo en cambio les corresponderé de manera muy pobre, sacando si acaso cuatro. Era una mañana nublada y terriblemente brumosa. Cruzamos el río Atoyac, que se unirá al Balsas aguas abajo. El terreno era muy agreste, cubierto de maleza baja totalmente seca. Se despidieron de mi exactamente una hora después de haber despegado, porque querían ir a Arcelia con Enrique. Nos seguiremos comunicando a través de la frecuencia de radio por unos cuarenta minutos más, cuando me encontraba sobre el Estado de Oaxaca y tenía próxima la Sierra Madre del Sur. La mañana no mejoró, la visibilidad era francamente limitada.

Pasé a un lado de Santiago Juxtlahuaca, vi su pista larga en desuso y volé entre cerros que encañonaban el valle. Llegué al puerto más bajo de la Sierra Mixteca para pasar al Pacífico y ascendí a 9,500 pies. La bruma comenzó a confundirse con nubes que se formaban en estratos muy desordenados y que no me permitían ver más allá de los collados de la sierra. Volaba sobre poblados triquis del área de San Juan Copala, una zona muy montañosa, muy boscosa, muy aislada y muy pobre. Vi una serie de brechas sinuosas que han cercenado los cerros. Yo sentía que todo me estorbaba. Viré un poco al suroeste para librarme de las nubes, y corregí luego el rumbo para pasar sobre Putla de Guerrero. Faltaban unos cuarenta minutos para llegar a Chacahua y con ello a la costa. Fue un tramo interminable de montañas escarpadas y barrancones. Descendí de 7,500 a 5,500 pies conforme bajaba el terreno. Unas pocas millas antes vi las Lagunas de Chacahua, con sus extensos manglares al lado del mar. Me fui abriendo al este y llegué a la costa.

Tenía el sol de frente. Veía la playa a la izquierda volando arriba del océano. Me dije que me empacharía de sol y mar, navegando a “cabotaje”, en este largo camino por los próximos cuatro días.

A treinta millas náuticas me reporté a Torre Puerto Escondido. Un Cessna despegaba rumbo a Acapulco en sentido opuesto con 2,500 pies de altitud. Una vez que tuvimos cruce efectivo descendí a 3,500. Diez millas antes inicié un descenso muy largo cuidando de mantener la temperatura de aceite a no menos de 160°F. Debía tener mucho cuidado con eso. El controlador me autorizó directo a la pista 09. Me reportó viento de 8 nudos de los 140°. Hice algunos virajes para tener un final corto porque no quería volar mar adentro con tan poca altura. Entré rápido, fui nivelando, tocó el tren principal, y cuando puse la rueda de nariz, vibró muy fuerte, la llanta raspó con la pantalonera nueva y ésta salió volando. De milagro no le pegó a la hélice. Salí en la primera calle de rodaje y le avisé a la Torre para que los de operaciones fueran a recogerla. La pantalonera quedó destrozada. Hice 2:40 horas y volé 230 millas náuticas.

Cuando apagué el motor y bajé del avión, vi el Pac neozelandés de SkyDive Cuautla rodando para despegar. Es un avión raro de ala baja pero muy eficiente para lanzar paracaidistas. Me saludé efusivamente con Ramiro, que iba dentro con otros paracaidistas que aterrizarían en Playa Zicatela. Cargué combustible, revisé el avión, y cerré y abrí plan de vuelo. Me dieron los metares de Ixtepec y de Tapachula y me comentaron que hacía semanas “nadie iba para esos rumbos”.

Puerto Escondido - Tapachula.

Rodé a la cabecera 27. El controlador me mantuvo unos diez minutos en la gota por tráficos. Tenía mucho calor y empezaba a irritarme, y eso que aún no comenzaba el largo vuelo a Tapachula. Despegué a las 10:20 con viento del suroeste de 10 nudos. Desalojé por la izquierda y tomé rumbo al oriente. Para entonces el Pac estaba en tierra, así que volé sobre el mar para ver Playa Zicatela. El sol y el viento habían mitigado la bruma. Tendría un vuelo claro por un buen rato. Pasé sobre una playa interminable con olas muy grandes, muy abierta al mar, donde está tirado un bimotor partido en dos con las señas de la US Navy.

Pasé Punta Cometa sobre el mar, que es el punto más austral de México fuera del Soconusco. Luego seguí la costa con rumbo este noreste. Pasé la playa de Masunte, la de Zipolite y Puerto Ángel. Me reporté a Torre Huatulco. De 3,500 pies ascendí a 5,500 porque el litoral se volvió muy accidentado. Volé sobre acantilados por diez minutos. Vi de lejos a mi izquierda el aeropuerto, plantado sobre lomeríos a unas cinco millas de la costa. Luego comenzaron las Bahías de Huatulco, con pequeñas playas, algunas atiborradas de hoteles. El sol me pegaba duro. Debajo de mí la gente estaba encantada de freírse en Semana Santa. Yo en cambio me subía el cuello de la camisa y extendía las mangas para no rostizarme. Continué con rumbo noreste hacia el Istmo de Tehuantepec, sobre playas más abiertas en un tramo que me pareció interminable.

Llegué por fin a Salina Cruz, una población gris al lado del puerto. Pasé la pista naval y la refinería. Me comuniqué con Torre Ixtepec, un aeropuerto militar que me reportó viento de 20 nudos de los 100º. En ese momento, sobre la costa del Golfo de Tehuantepec, tenía un ligero viento a favor. Llevaba una hora y media de vuelo. Enfrente veía las enormes lagunas saladas Superior e Inferior. Más adelante estaría el Mar Muerto. En sus orillas había salinas mojadas por aguas muy someras. Se veían lugares totalmente solitarios. No quería volar por mucho tiempo sobre sitios abandonados, así que opté por irme sobre la orilla norte. Pronto sentí los eternos vientos del Istmo. Vi la pista de Ixtepec a unas siete millas. El controlador me pidió reportarme en radiales y tuve que hacer algunos ejercicios mentales. En la frecuencia escuchaba a un avión de la Fuerza Aérea Mexicana procedente de Veracruz. Venía del otro lado del espejo, del Golfo de México, al que yo tenía a escasamente una hora de vuelo al norte, hacia el rumbo de Minatitlán.

Al este del aeropuerto de Ixtepec identifiqué Juchitán. Luego vi los generadores eólicos de la CFE, todos alineados cerca del poblado de La Ventosa. Le fui dando la vuelta a las extensísimas lagunas. Aquí era más o menos la mitad del vuelo de Puerto Escondido a Tapachula. Ya para entonces estaba saturado de avión y tenía viento de frente de 10 nudos.

Por fin crucé los límites de Oaxaca con Chiapas. Pasé al sur de Arriaga y de Tonalá, ambas plantadas al pie de la Sierra Madre. A diferencia de Oaxaca, aquí los terrenos eran mucho más verdes, llenos de cultivos, entre ellos cítricos, y extensiones ganaderas muy grandes. De pronto el aire se volvió muy brumoso y muy húmedo. Ahora volaba nuevamente sobre la orilla del mar. Comenzaban a formarse una serie de nubes muy dispersas y pequeñas; eso significaba que la temperatura ambiente se acercaba al punto de rocío y sería una tarde muy nublada. Me costaba ver el terreno en algunos tramos a causa de la bruma. Comencé a sortear algunas nubes, aunque la mayoría pasaban a unos mil pies debajo de mí. Volé una hora más sobre playas interminables de Chiapas. Por fin me reporté a Torre Tapachula a 30 millas náuticas y con muy poca visibilidad. Un Aeroméxico Connect estaba copiando su plan de vuelo a la Ciudad de México. Volteé a mi izquierda, hacia la Sierra, que no estaba realmente lejos, para contemplar lo poco que podía ver del Soconusco. Pude adivinar dónde estaba el Volcán Tacaná, porque un cúmulo gigante se había desarrollado sobre él. Calculé qué tan lejos podía estar la tormenta que se estaba formando. Abandoné el mar para aproximarme directo al aeropuerto. Tuve que sortear un inmenso pantano que me recordó los de Tabasco. A cinco millas vi el aeropuerto y el controlador me autorizó a inicial derecho a la pista 23, reportando a través de la torre. El Embraer de Aeroméxico Connect despegaba después de pedir una salida visual. En vez de extender mi inicial para dar tiempo a su despegue, solicité un 360º. Lo vi ascender como un globo y virar rumbo al oeste. El torrero le reportó mi posición y en un instante estaba como a una milla de mí. Continué mi patrón, muy turbulento. Viré a final con viento de 12 nudos de los 210º. Entré a la pista con viento rachado y batallé para poner el avión en el suelo. Toqué muy bien. Eran exactamente las 2:00 de la tarde. Rodé y me estacioné en la plataforma. Volé 331 millas náuticas en 3:40 horas. Los dos vuelos de hoy sumarán 6:20 horas, mi récord de vuelo en un solo día.

Vi en la plataforma un viejo Converse turbohélice abandonado. Había también dos aviones fumigadores y algunos Cessna. Un avión de la Marina lanzaba paracaidistas que aterrizaban cerca de la cabecera 23. Amarré el avión y cargué combustible hasta el tope. Volví a poner Decalín para mitigar el plomo del gasavión. Con el viento arrachado fue una pachanga cubrir el avión. Me di tiempo de quitar los cowlings del motor y revisarlo completamente, lo mismo hice con el planeador. En la plataforma hacía un calor húmedo de espanto, como de 35ºC y el viento del suroeste calentaba aún más el lugar. Ese viento organizaba grandes tormentas en la Sierra.

Estaba totalmente exausto y me sentía en el fin del mundo. Nunca había estado tan lejos de Morelos en el Kitfox. Ese sentimiento me duró poco. Entré a la Comandancia a cerrar el plan de vuelo y un piloto argentino, Jorge Oddone, se dirigió a mí para platicar cuando vio que llevaba puesta una gorra de la EAA. Tenía en la plataforma un Cessna 206, iba camino a Argentina procedente de Estados Unidos. Estaba varado por falta de un permiso para sobrevolar El Salvador, y la DGAC de allá estaba de vacaciones. Nos quedamos platicando cerca de una hora. Se dedicaba a llevar aviones de un lado a otro. Le pregunté por los vientos de la Patagonia: ¡Terribles! –me dijo. Me comentó de un Kitfox armado allá, al que le pusieron un “confiable” motor turbo hélice de 150 HP. Lo que más me llamó la atención fueron las fotos que me mostró en su lap-top de sus vuelos sobre Los Andes, entre Santiago de Chile y Mendoza Argentina, inclusive en un Cessna 150, a través del paso de Cristo Redentor, a un lado del Aconcagua. “El secreto –me decía- es que la presión atmosférica sea igual de un lado y del otro de la Cordillera, así no tendrás problemas de tormentas ni vientos”. Me contó de un DC-3 que hace vuelos regulares llevando pescado de Santiago a Mendoza, y verduras y frutas a Santiago, para algunos restaurantes de lujo. El lenguaje aeronáutico era en ocasiones demasiado avanzado para mis estándares. Su conversación era apasionante. “Los americanos dicen que estamos locos por hacer vuelos de Sudamérica a Europa a través de la costa occidental de África”. Me hubiera quedado horas platicando con él, pero el cansancio, el hambre, la deshidratación y la gripa estaban a punto de acabar conmigo.

Me hospedé en un hotel con jardines bonitos, algo retirado del Centro. Me bañé y fui a comer a “El Almirante”, un restaurante de mariscos rusticón que me habían recomendado. Los alrededores de Tapachula son de una gran exuberancia. La tarde estaba muy nublada y pronto se hizo de noche. Revisé los pronósticos del clima. Hoy dormiré como una piedra.

Latitud 10º norte. Día 2

31 de marzo de 2010. Tapachula – Ilopango.

Llegué al aeropuerto a las 6:00 de la mañana. Me llevó una hora hacer los trámites del plan de vuelo, migración y aduana, y revisar y preparar el avión. Despegué a las 7:15 por la pista 23. Desalojé a la izquierda y tomé al sur, hacia el mar, sobre terrenos de cultivo y algunos plantíos de cítricos. Pasé a un lado de Puerto Madero, ahora llamado Puerto Chiapas. Volé sobre la playa con la intención de pasar justo sobre el punto más austral de México. Alcancé los 3,500 pies. Unos minutos antes de llegar a la frontera me volví a comunicar con Torre Tapachula. Me pidió cambiar a Retalhuleu Torre. “para más fácil –me sugirió- dígales Reta Torre”.

Guatemala.

Retalhuleu Torre me asignó un código transponder. Me preguntó “cuántas almas”, que autonomía de combustible tenía y mi tiempo estimado en ruta. Lo que más me llamó la atención fue el acento del controlador, la diferencia de lenguaje y la parsimonia con la que todos se comunicaban en la frecuencia. Ahora caía en cuenta del momento tan especial en el que me encontraba. Era la primera vez que salía el Al Simoun de México, y era yo el piloto, acompañando sólo por mi alma.

Hace unos ochenta años mi bisabuelo escribió un libro sobre Pedro de Alvarado, capitán de Cortés y conquistador de Guatemala. Es uno de los libros consentidos de mi madre. En una ocasión de muy niño lo hojeé y vi fotos en blanco y negro de templos de Antigua y del Lago de Atitlán. Algunas imágenes tenían la leyenda: Cortesía de la Compañía Mexicana de Aviación. En ese entonces quedé convencido de que Guatemala era en blanco y negro.

Cuando estaba en primaria, todo me indicaba que la primera imagen que vería en el extranjero sería la del restaurante giratorio sobre cuatro esbeltas patas en el aeropuerto de Los Ángeles, una estructura futurista que inspiraría el lenguaje visual de Los Supersónicos. Como muchos compañeros de mi clase, yo deseaba conocer Disneylandia, pero en mí ese deseo no se cumplió.

La primera vez que salí de México fue a los trece años, iba con unos amigos de un club de excursionismo. Fue en la vertiente sur del Volcán Tacaná, en uno de los caseríos más rurales y más pobres que he visto. Había unas chozas de madera con una cancha de básquet y una mojonera de concreto con la forma de un obelisco gordo. El momento me era tan significativo que apoyé las palmas de mis manos sobre la mojonera y puse lentamente un pié fuera de México. Cosa extraña, sólo mi pie derecho estaba plantado en el extranjero. Era acaso una simulación del paso de Neil Armstrong al bajar por la escalerilla a la superficie de la luna. Esa noche, junto con mis compañeros de montaña, dormí al lado de una casa de piso de tierra, en un tejabán húmedo que protegía una impecable marimba. Al día siguiente llegaríamos con mucho esfuerzo a la cumbre del Tacaná, un volcán con una vegetación extraordinaria. Dos días después cruzaríamos nuevamente a Guatemala, para ir en un viejo camión por una carretera empedrada hacia San Marcos y que pasaba por Malacatán. Subimos el Volcán Tajumulco, el pico más alto de Centroamérica. Luego conoceríamos el lago Atitlán, uno de los sitios más bellos que había visto hasta entonces, y Quetzaltenango. En su mercado me compré una camisola azul de algodón con botones de hueso, y con un quetzal estilizado bordado en la espalda. Ese fue mi uniforme por muchos meses. No tengo muy claro a que se debía, pero eran otros el cielo y el aire en Guatemala.

En 1993 hice con un amigo un viaje inolvidable a las partes altas y al oriente: Ciudad de Guatemala, Antigua, Atitlán, Chichicastenango, Quiriguá, el Lago Izabal, Río Dulce, Livingston. Le tomé una foto panorámica al lago de Atitlán, con los volcanes de San Pedro y de Atitlán al fondo. Era una mañana preciosa, especialmente húmeda y transparente. Tiempo después descubrí que era el sitio exacto de una de las fotografías que aparecen en el libro de mi bisabuelo. Ahí caí en cuenta que Guatemala es toda en Technicolor. A decir verdad, Guatemala me ha sido muy significativa.

A diferencia de la primera ocasión, este día no supe exactamente en qué momento crucé a Guatemala. El huracán Stan movió el cauce del río Suchiate y México perdió varios metros, infinitamente menos de los que perdió Guatemala cuando Chiapas y el Soconusco se anexaron a México. Ésta era una mañana muy brumosa. Apenas despuntaba el sol y el calor era ya intenso. Un mundo extraño se me presentaba difuminado por los rayos que tenía enfrente. Veía lagunas pequeñas con sus manglares y ríos tropicales sinuosos en una superficie obscura. Me pasó por la mente la posibilidad de un paro de motor, que haría y cual sería mi suerte en esta tierra ajena. A tres mil quinientos pies de altura los caseríos se veían distintos a los de México. No pasó mucho tiempo para que el sol comenzara a iluminar todo. Vi tierras de cultivo muy extensas y muy bien trabajadas. Vi infinidad de aeródromos y muchos poblados pegados al litoral. Retalhuleu Torre me pasó en un rato a San José Control cuando faltaban unas millas para llegar a Puerto San José, el que creo es el mayor puerto de Guatemala en el Pacífico. Algunos buques de carga estaban anclados en el mar. Para ver los muelles y evitar zonas prohibidas, a San José Control le pedí volar sobre su estación. Es un aeropuerto militar muy grande, con una esfera blanca que seguramente es el radar que me tenía observado. Pasé  por Iztapa y por la pista de pasto del Aeroclub de Guatemala, al lado de un canal. Continué sobre la línea de la costa hacia el oriente y luego vi el aeródromo de Monterrico. Habré tardado poco más de una hora y media en volar todo el litoral guatemalteco, de unos 320 kilómetros. He llevado permanentemente viento en contra de entre 10 y 15 nudos. Por la bruma no pude ver a mi izquierda los grandes volcanes de Guatemala.

El Salvador.

Sin mayores señas, salvo por un río muy modesto llamado de la Paz, crucé a El Salvador. El paisaje era el mismo. San José Control me había pasado a El Salvador Control, que no me recibía por la sombra que generaban las montañas. Finalmente logré tener contacto y escuché a un controlador que, pensé, estaba a punto de que se le saliera la situación de las manos. Nunca había escuchado una frecuencia tan saturada. Pasé sobre el Puerto de Acajutla, metiéndome sin darme cuenta en una zona prohibida. A mi izquierda pude ver el macizo de volcanes que forman el Santa Ana (la mayor elevación de El Salvador), el Cerro Verde, y el joven y perfecto Volcán Izalco, llamado “El Faro del Pacífico”, porque los barcos podían verlo en la noche con su faro de fuego rojo, desde muy lejos en alta mar. A un lado de ellos está el hermoso lago de Coatepeque que pude visitar hace dos años. Al este del Volcán Izalco estará Armenia, donde nació Consuelo Suncín, condesa de Saint-Exupéry.

Unas millas más adelante opté por ascender a 5,500 pies, porque la extensa ladera accidentada del Volcán San Salvador termina en acantilados de roca volados al mar. Los minutos pasaron y el tráfico aéreo se relajó. Le comuniqué mi intención al controlador: “Checar Puerto La Libertad para virar directo a Ilopango en un ascenso continuo hasta 6,000 pies”. Me pidió reportar cuando hiciera mi viraje. Vi el largo muelle pesquero de La Libertad y sus playas de arena negra atestadas de vacacionistas salvadoreños. Viré finalmente hacia la izquierda, remontando una sierra muy extensa. A mi derecha veía, francamente cerca, el Aeropuerto Internacional de Comalapa. Mi ascenso parecía muy limitado. En unos cuantos minutos, quizás cinco, comencé a ver la gran mancha urbana de San Salvador, rodeada de volcanes enormes. Alcancé los 6,000 pies y sobre las crestas de la sierra me comuniqué a Ilopango Torre. La torrera me autorizó una aproximación directa a la pista 33, a 5 millas del aeropuerto. Ahora mi problema era bajar. Pusieron a mantener a un Cessna de escuela para darme preferencia. Pude ver a mi derecha el hermoso y profundo lago azul de Ilopango, inmenso, ocupando el cráter de un volcán escarpado. Descendí picando el avión con un régimen de 1,000 pies por minuto. Los remanentes de la gripa hicieron sus estragos, los oídos se me taparon. Ilopango es una pista muy larga. La Carretera Panamericana la cruza por debajo. Es un auténtico  portaviones con barrancas por sus cuatro costados y alrededores todos poblados. Con el viento en contra de 6 nudos de los 320°, y una ladera muy pronunciada, opté por tocar después de la intersección con la pista transveral en desuso. Fue una aproximación muy turbulenta. Sobre la pista el viento me levantó el avión un par de veces por los rotores de los árboles próximos, y acabé haciendo un muy mal aterrizaje. Materialmente planté el avión. Quedé decepcionado de mi primer “aterrizaje internacional”. Recorrí 227 millas náuticas en 2:40 horas. Desalojé a la derecha y cambié a Ilopango superficie. El controlador me llevó de la mano. Pasé enfrente de la antigua terminal, ahora convertida en Museo del Aire. Vi varios DC-3, un DC-6 y algunos aviones de la Fuerza Aérea Salvadoreña. Rodé a combustibles. Mucha gente me estaba esperando, entre ellos Milton Martínez, con el que había tenido contacto frecuente. Todos estaban sorprendidos de lo pequeño de mi avión. Quien no tenía que ver con los trámites de mi llegada, de todas formas se acercó. Me llevó una hora cargar gasavión en el área de bombas, atender migración y aduana, y amarrar y cubrir el avión en un pradito. Tenía enfrente un precioso DC-3 amarillo.

Ilopango es sin duda uno de los aeropuertos más hermosos del mundo. Su terminal de los años cuarenta tiene un foyer con una bóveda rebajada con temas del cielo. Dos escaleras curvas llevan a una terraza exterior donde hace décadas había un restaurante abierto. Ahí la gente podía ver aviones y despedirse de los suyos. Es un aeropuerto de cuando volar era un acontecimiento fuera de lo común. Ahora desde ahí se pueden contemplar grandes aeroplanos exhibidos en el exterior, un tanto abandonados.

Comí sin desayunar a las 2:30 de la tarde, en un buen restaurante italiano cerca del hotel, en el área de Escalón. Hacía mucho calor. Por la tarde fui al Museo Nacional de Antropología, un edificio bonito, muy del lenguaje de Legorreta. Vi unas piezas de cerámica extraordinarias de los nahua-pipiles, primos nuestros y pobladores del Cuscatlán. Desde la azotea del hotel contemplé un rato San Salvador, muy verde y muy frondoso. Me recordó mucho Cuernavaca, acaso porque fue en Cuernavaca hace muchísimos años, que una tía salvadoreña de un amigo de toda la vida, nos contó de los grandes volcanes y lagos de El Salvador. Creo que esa es la referencia más antigua que tengo de ellos.


Latitud 10º norte. Día 3

1 de abril de 2010. Ilopango - Managua.

Pasaron por mí a las 5:30 de la mañana. El huso horario está muy corrido hacia el oriente. Eso lo noté desde Tapachula, el sol sale muy temprano y a las 6:00 de la tarde ya es de noche. En lo que preparé el avión toda la burocracia estaba arreglada. Le pregunté a Milton cómo salir de Ilopango sin meterme en conflictos con el Aeropuerto de Comalapa. Me sugirió salir por la radial 90 hacia el río Lempa. Rodé lento a las 7:30 de la mañana a la posición 33 por la antigua pista transversal deshabilitada. Antes de la cabecera pasé a la frecuencia de Ilopango Torre. Metí potencia y despegué muy pronto. El viento era de 10 nudos de frente. Al pasar sobre la cabecera 15 me di cuenta de lo dramático que sería un paro de motor en el despegue. Sólo veía poblados, fábricas y barrancas. Viré al este en un ascenso poco demandado para evitar que los EGT subieran de rango al meter mucha potencia. Pasé al norte del Lago Ilopango, el más grande de El Salvador. Continué al lado de la transitada Carretera Panamericana sobre terrenos muy agrestes. La torrera me indicó que El Salvador Control no me veía en el radar. Me olvidé de activar el transponder. La mañana, como de costumbre, estaba brumosa. En un rato vi el Río Lempa, el más importante del país, y frontera oriental de la región del Cuscatlán. De a poco fui rodeando el enorme Volcán San Vicente. Vi la población de San Vicente a mi derecha y me comuniqué a El Salvador Control. Mi plan de vuelo estaba establecido a 7,500 pies de altitud de vuelo. Ahora tenía 6,000 pies y el controlador me indicó que "por derrotero" tenía que escoger entre 5,500 y 7,500 "el que usted decida". Preferí el menor. El Río Lempa entró a terrenos planos llenos de cultivos y su cauce se fue por el sur hacia el mar.

Volé por la orilla de un sistema muy grande de lagunas con manglares que no quería pasar por arriba y llegué a la costa librando las últimas estribaciones de algunos volcanes bajos. El viento en contra de 10 nudos resultó algo turbulento. Volé sobre el litoral una media hora. Nunca pude ver el Volcán Chaparrastique, la cumbre oriental del país. Más pronto de lo que imaginé terminó El Salvador. Ya para entonces había ascendido para evitar un poco las turbulencias que se generaban por el paso del viento sobre el Volcán Conchagua, que forma la península de Tamarindo y de Puerto La Unión.

Estaba por pasar la parte más crítica de todo el viaje, el cruce del Golfo de Fonseca. Revisé todos los parámetros del motor y tomé la mayor altura posible. Por si acaso sirviera de algo tenía puesto el chaleco salvavidas con un pequeño cartucho de aire comprimido. Instintivamente viré al noreste en vez de volar directo hacia Nicaragua, cuando vi una serie de islas que ocupan la mitad del Golfo. Aquellas islas son volcanes escarpados. Pasé a través de Puerto la Unión y tomé franco al mar. A mi izquierda pude distinguir a unas cinco millas la silueta de la isla del Tigre, en territorio de Honduras. Pasé al lado de una isla grande llamada Meanguera, con un par de poblaciones pequeñas y escasas tierras de cultivo planas entre dos grandes promontorios. Pasé luego sobre otra isla más pequeña y en un rato tenía a ambas muy atrás. Fue un momento tenso. La bruma no me dejaba ver la costa nicaragüense, sólo veía un horizonte blanco que se confundía con el mar. El Salvador Control ya me había transferido "cuando posible" a Sandino Control. Yo podía oír perfectamente a todo mundo, pero la controladora no me recibía. Para distraerme me puse a escuchar la frecuencia, a revisar el GPS y estudiar cartas.

Nicaragua.

Pasé un momento interminable y tenso y por fin pude ver el litoral de Nicaragua, en una península amplia formada por las faldas del Volcán Cosigüina, que apenas se distinguía. Una vez alcanzada la costa viré al sur, franco hacia el Pacífico. A la izquierda observé el Cosigüina, no muy alto, con una laguna ocupando el fondo de su cráter. Los nicaragüenses tienen bien presente este volcán, porque  marca el extremo occidental del país y porque es el primero de una extensa línea volcánica que corre de poniente a oriente y que define el paisaje sur de Nicaragua. Se cuenta que el Cosigüina era un volcán mucho más grande, pero que la erupción de 1835, "la más violenta del Continente", casi acabó con él. La escoria de su explosión formó algunas islas del Golfo de Fonseca. También se dice que las cenizas cayeron copiosamente en la Ciudad de México. Tal vez estaba pensando en ello ahora, para convencerme de que volaba en el vecindario.

Acabó el Cosigüina y entré a una extensa zona de esteros que le dan la vuelta a la península. Apenas podía ver cultivos lejanos de la provincia de Chinandega. Por fin me respondió Sandino Control, que me cambió de código transponder y me pidió reportar cualquier cambio en mi plan de vuelo. La controladora tenía un acento "costeño" muy agradable. Ya para entonces había descendido de 7,500 a 5,500 pies y seguí sobre la interminable playa. Conforme el tiempo pasó el viento en contra se hizo más intenso. Subió de 15 a 20 nudos. Pasé sobre Puerto Corinto, el más importante de Nicaragua. Crucé su bocana metido en el mar, vi sus almacenes petroleros y su poblado. A partir de ahora empezó a estar muy turbulento. Pude ver en el horizonte, perdido en la bruma, al Volcán Momotombo, símbolo de Nicaragua, un cono perfecto y aislado que ahora tenía una nube arriba de su cráter. También vi el Lago Managua, un enorme espejo plateado. Luego pasé Puerto Sandino. Para mitigar el viento en contra descendí a 3,500 pies y me dio buen resultado por un momento breve. Las olas en el mar se veían crispadas y el avión empezó a zarandearse. Pasé Montelimar, con su pista larga y perfecta y su zona hotelera elegante. A diez millas al este de Montelimar solicité el último reporte de Liberia. La controladora me reportó viento de 25 nudos con rachas de 35. Mi velocidad se había reducido a 65 nudos absolutos y empecé a preocuparme por el combustible. Mi estimado en ruta a Liberia era de 3:40 horas; llevaba 3:10 y el GPS me indicaba 1:40 para llegar a Liberia, y eso suponiendo que el viento no fuera a aumentar.

Ya me lo habían contado ¡Ay, los vientos de Centroamérica! Le comuniqué a Sandino Control que tenía Managua como aeródromo alterno y que solicitaba dirigirme allá. La chica me pidió que mantuviera en la frecuencia para pedir autorización. En un minuto me respondió y me dijo que procediera reportando diez millas al sur del César Augusto Sandino. Viré al oeste para pasar sobre Montelimar. Me costó trabajo el viraje. De pronto la velocidad se disparó y llegué en un momento. Viré al norte, tierra adentro, con la seguridad de que, si en la costa estaba turbulento, el trayecto a Managua sería una pesadilla.

Enfrente veía una sierra muy baja, de a penas unos 3,000 pies, pero con formaciones de cúmulos importantes sobre las crestas y muy poco espacio entre las montañas y la base de las nubes. Opté por evitar el área y me fui al noroeste, por una parte más baja. La controladora me preguntó sí sabía la ubicación del aeropuerto porque me veía muy fuera de ruta en el radar. Le aclaré que quería evitar las formaciones de nubes. Intentaba repasar la carta del aeropuerto y preparar la frecuencia de Sandino Torre entre las zarandeadas. Tuve varias sacudidas fuertes antes de entrar a la cuenca de los grandes lagos nicaragüenses. Me acordé de Chapala y me dije "sólo paso la sierra y todo se calma”, y pues sólo se calmó a medias. Luego la controladora me advirtió de la zona prohibida de Managua (Ministerios, Casa Presidencial ... ) así que tuve que acercarme de nuevo a la sierra. Vi claramente el Lago Managua, la Ciudad, muy baja y muy dispersa, y el Momotombo en el horizonte, con el Volcán Momotombito en una isla enfrente de él. A 5 millas Sandino Control se despidió y me cambió a Sandino Torre. El controlador me autorizó a un básico derecho a la 09. Viré a básico y el patrón se me hizo eterno. Un Airbus de Taca estaba rodando para despegar, y cuando solicitó el despegue, lo puso a mantener para que yo aterrizara. Le aclaré que me estaba aproximando a 40 nudos y mejor lo dejó ir. Lo vi despegar, fue impresionante. Yo volaba sobre el extremo oriental de la ciudad de Managua. Me autorizaron a final con viento de 15 nudos de los 100°. Toqué muy bien, sin embargo la rueda de nariz vibró de nuevo. Desalojé en la primera salida. Hice 3:40 horas y recorrí 277 millas. El torrero me indicó rodar a la posición número 1. En el edificio terminal había unas estructuras altísimas con números en cada una. La primera que vi fue la 9. Debajo de cada número había aviones inmensos estacionados y conectados por pasillos telescópicos: Continental, Taca, Copa, Delta, American. Le pregunté al torrero si era en la posición uno o era al lado de la uno. Me aclaró que en la posición uno me esperaba personal de Operaciones. Me detuve enfrente de la uno, al lado de un jet comercial. El viento estaba muy fuerte y le dije al de operaciones que necesitaba amarrar el avión. Le pareció extraño, me aclaró que ahí no se amarraban los aviones. Luego negocié un pedazo de terreno con pasto a unos metros y de inmediato accedió. Lo amarré y lo cubrí.

Un joven piloto de la Fuerza Aérea de Nicaragua se acercó con su overol militar a ver el avión. Estaba sorprendido por el tamaño, el motor y la hélice de madera. Me comentó que oyó cómo la rueda de nariz vibraba en el aterrizaje y pensó que la llanta se había reventado. Pedí que me enviaran gasavión, pero los de combustibles estaban de vacaciones y regresaban hasta el lunes; de todas formas los depositos estaban vacíos. Muy cerca del avión estaba estacionado un Cessna 402 bimotor de GeoAir que alguna vez vi de base en Cuernavaca. La persona de Operaciones me comentó que era un piloto alemán casado con una mexicana, que ahora estaba sacando fotografías aéreas para el gobierno, y como no había combustible optó por irse a pasear unos días.

Me llevaron a migración y aduana al área de pasajeros, en una camioneta que circuló por debajo de las narices de aviones grandes. Luego fui al Instituto Nicaragüense de Aviación Civil a cerrar mi plan de vuelo. Había dos empleadas un poco dispersas pero amables. Salí del aeropuerto, crucé la avenida y me hospedé en un buen hotel llamado "Las Mercedes", construido todo en madera y con muchos jardines. Ese era el antiguo nombre del Aeropuerto de Managua, que hizo la Panamerican sobre los terrenos de una finca de Somoza. Me bañé, comí algo y luego consulté el clima en internet.

Regresé a las 3:00 de la tarde al Aeropuerto para solucionar lo del combustible, ayudado por Jorge, la persona de Operaciones. En el vestíbulo principal de salidas internacionales vi dos cuadros enfrentados inmensos de dos íconos nicaragüenses: Rubén Darío y César Augusto Sandino . En Información le llamaron a Jorge. Me aclaró que era importante que el manual de operaciones del motor especificara que estaba permitido el uso de gasolina. Pasamos a las "tripas" del aeropuerto por puertas de acceso restringido, brincando las básculas de los mostradores de aerolíneas americanas. No le autorizaron sacar la camioneta de los límites del Aeropuerto y se ofreció a llevarme en su moto. Me había conseguido dos bidones arrumbados en pésimo estado. A él no lo calificaría como el conductor más precavido de Managua. Nos fuimos hacia una gasolinería Shell esquivando camiones en una avenida muy transitada. Yo iba atrás con los dos envases. Al llegar estudié las opciones que había y pedí Súper sin plomo. Quería 20 litros en cada envase pero aquí se usan galones. Uno de los despachadores acabó convirtiendo las unidades. Con dos litros lavé el fondo de los bidones con rastros de diesel, tierra y agua. El regreso fue terrible. Llevaba una pesa de veinte kilos en cada mano sostenido sólo por mi buen equilibrio a 60 kilómetros por hora. De cuando en cuando le gritaba iya, ya, ya!, él frenaba y yo bajaba los tanques al piso por unos segundos. Si alguna vez me jugué la vida en este viaje, fue precisamente aquí. Echamos la gasolina directo al cono contra agua que llevaba en el avión. Con el viento que nunca se quitó fue un chorreadero espantoso de combustible, que se derramaba sobre las alas simulando agua de jamaica. Dimos otra vuelta a la gasolinería para completar los 70 litros estimados. El combustible sobrante fue para la moto Honda de Jorge. Le di una buena ayuda por su invaluable apoyo. También le correspondí al chofer de la camioneta, que acarreó una pesada escalera como para un DC-6, para poder alcanzar los tanques de las alas. En la noche estaba inquieto. Me fui caminando a la Shell por una avenida obscura y hablé con el encargado. Me confirmó los 98 octanos libres de plomo. No supo decirme si contenía etanol, pero quería convencerme de las bondades del producto, ya que tenía “un detergente limpiador de inyectores". Le llamé hasta San Luís Potosí a José Herrera para pedirle su opinión. Me dijo que no le veía problema.

Latitud 10º norte. Día 4

2 de abril de 2010. Managua, Volcán Masaya, Granada.

Hoy fue un día hermoso, de verdad. Decidí parar un día y contraté a un taxista para que me llevara al Volcán Masaya, que había querido conocer desde hacía tiempo. Salimos hacia el sureste por una carretera muy amplia que pasaba por fincas muy extensas de ganado. Por el camino había infinidad de anuncios espectaculares de los logros del gobierno de Daniel Ortega con mensajes  sentimentales. Fueron unos cuarenta minutos de trayecto para llegar al Volcán Masaya, convertido en parque nacional. Los coches se estacionaban en la orilla del cráter, viendo hacia la salida para una eventual huída. El cráter de Santiago es inmenso, lo forman paredes verticales muy profundas. El sitio me recordó la vista que alguna vez tuve, hace ya muchos años, del cráter del Popocatépetl. Una fumarola constante de vapores sulforosos muy densos no me permitía ver el fondo del abismo. Los constantes vientos del oriente derivaban los vapores hacia el lado contrario, arrastrándolos ladera abajo. Desde aquí, en una elevación poco pronunciada, había una vista muy extensa hacia el aeropuerto y hacia el Lago Managua.

Paramos luego a orillas del pequeño lago de Masaya, contenido en un cráter. Vistamos la ciudad de Masaya. En su plaza está una parroquia con cubierta de madera, un kiosko con una refresquería y un busto de Rubén Darío todo desproporcionado. A un lado, y como suele haber en cada plaza de Nicaragua, un monumento modesto con una bandera del Frente Sandinista de Liberación Nacional, tenía escritos los nombres de los caídos de la Ciudad, los mártires de la Revolución que eran en su mayoría estudiantes.

Desde un mirador del poblado de Catarina vi la hermosa Laguna de Apoyo, desde donde se podía contemplar al fondo una vista sin límites hacia Granada y hacia el gran Lago Nicaragua. Hoy no volé, pero mantenía en mis pensamientos el avión y el vuelo de forma recurrente. Trataba de calcular qué tan fuerte era el viento, aunque ahora sólo me despeinara, que tan turbulenta podía ser esta tarde calurosa, que tan intenso resultaría volar sobre estos paisajes extraordinarios.

Pasé la tarde en Granada, una ciudad colonial muy hermosa a orillas del Lago Nicaragua. Sus fachadas decimonónicas, todas pintadas de colores, me recordaban a ratos algo de Cartagena. Vi la Catedral y la  Plaza de Armas. En el claustro del Convento de San Francisco hay un patio todo sembrado de palmas reales altísimas. Vi desde el atrio, arriba de un promontorio, las torres de la Catedral, los tejados de la Ciudad y el Volcán Mombacho.

El Lago Nicaragua es el segundo más grande de Latinoamérica, precedido sólo por el Lago Maracaibo de Venezuela. Pasé un buen rato en la orilla, cerca de un extenso muelle de donde partía en ese momento el transbordador que comunica dos veces por semana a la isla de Ometepe. Veía cómo el viento generaba pequeñas olas de agua dulce que aprovechaban unos niños que nadaban en la playa rocosa. Contemplaba el perfil difuso de las montañas al otro extremo de la cuenca, muy al norte. Veía el volcán Mombacho, todo tapizado de selva obscura, y cuyas primeras estribaciones parecían tocar el extremo oriental de Granada. Distinguía apenas la silueta del Volcán Concepción, el segundo volcán más alto de Nicaragua, en la isla de Ometepe, muy al oriente. Recogí como recuerdo tres pequeñas piedras volcánicas boleadas de distintos colores. La tarde estaba espectacular, toda despejada y con un sol muy brillante.

Después de un rato abandoné el malecón y cerca de la Plaza de Armas comí una carne asada y unas brochetas buenísimas, de queso con tostones de plátano frito, acompañadas de una cerveza Toña.

Parientes lejanos.

Alguna vez leí que Nicaragua debe su nombre a los nicaraos, un grupo nahua que como algunos otros, emigró tardíamente en el postclásico desde el norte. Los mexicas eran una más de esas tribus. Algunos grupos ocuparon el litoral sur de centroamérica, desde Guerrero hasta la península costarricence de Nicoya, y convivieron, lucharon o se mezclaron con otras culturas como la Maya de Guatemala. Según una versión, nicarao se deriva de nic-Anahuac, que significa “nosotros somos de Anáhuac”, esto es, del Valle de México. Si esto es cierto, Nicaragua no sólo fue ocupada por mexicanos sino además, por chilangos. Miguel León Portilla ubica el origen de los nicaraos en el actual estado de Chiapas. Es por ello que en Centroamérica hay nombres que nos parecen tan familiares, no por influencia “azteca”, sino simplemente porque sus pobladores eran parentes lejanos de origen nahua.


Regresamos cási de noche. De vuelta en Managua me quedé un buen rato consultando el clima en internet y preparando detalladamente el vuelo de mañana. 

Para continuar leyendo puede seguir lo vínculos al blog de Francisco Icaza

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Fuente: Paralelo19.blogspot.com



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